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Cerdas primerizas: claves para mejorar su rendimiento reproductivo

Cerdas primerizas: claves para mejorar su rendimiento reproductivo

01 de septiembre de 26 - Noticias

La incorporación de cerdas primerizas al grupo reproductor es una de las decisiones que más puede condicionar el futuro de una granja de madres. Estas hembras llegan a su primera cubrición todavía en crecimiento y deben afrontar, en un periodo relativamente corto, gestación, parto y una primera lactación mientras continúan desarrollándose. Por ello, el objetivo no debería limitarse a conseguir que alcancen la pubertad o que queden gestantes, sino preparar animales capaces de mantenerse durante varias camadas y expresar su potencial reproductivo a lo largo de su vida.

La preparación comienza mucho antes de la primera cubrición. La selección de las futuras reproductoras, su crecimiento, el desarrollo estructural, la aparición de la pubertad, la adaptación sanitaria y el estado corporal son factores que pueden influir en su posterior productividad y longevidad. Una revisión sobre manejo de primerizas destaca precisamente que las decisiones tomadas desde el nacimiento pueden influir en el rendimiento reproductivo durante toda la vida de la cerda.

Cómo seleccionar cerdas primerizas para reproducción

La selección de las futuras reproductoras debería valorar mucho más que el peso o la velocidad de crecimiento. El origen de la camada, el peso al nacimiento y al destete, el desarrollo posterior, la conformación corporal, los aplomos y el aparato mamario son algunos de los aspectos que pueden ayudar a identificar las hembras con mejores posibilidades de convertirse en buenas reproductoras.

La genética actual ha permitido conseguir animales con un elevado potencial de crecimiento y productividad, pero esto también hace necesario controlar cómo se desarrolla la futura cerda. Seleccionar únicamente las hembras más pesadas puede llevar a incorporar animales que han crecido demasiado rápido o que presentan problemas estructurales que acabarán comprometiendo su permanencia en el grupo reproductor. Las extremidades merecen especial atención, ya que los problemas locomotores son una de las causas frecuentes de eliminación de cerdas.

El aparato mamario es otro elemento que debe revisarse antes de incorporar una hembra como reproductora. Una buena conformación y un número suficiente de pezones funcionales son fundamentales para afrontar camadas numerosas y facilitar el manejo durante la lactación. Del mismo modo, la situación sanitaria y la capacidad de adaptación al entorno de la granja deben formar parte de los criterios de selección.

Esta valoración permite realizar una primera criba y concentrar los recursos de alimentación y manejo en las hembras que realmente tienen potencial para permanecer durante varias paridades. La selección, por tanto, no debería plantearse como una decisión puntual, sino como el primer paso de un proceso que continuará hasta la primera cubrición y más allá.

Peso y edad de las cerdas primerizas en la primera cubrición

Determinar cuándo una primeriza está preparada para la primera cubrición exige buscar un equilibrio entre edad, peso y desarrollo fisiológico. Alcanzar un determinado peso no significa necesariamente que la hembra esté preparada para afrontar una gestación, especialmente si ese crecimiento se ha producido demasiado rápido. Como referencia, diferentes trabajos sitúan el peso adecuado en la primera cubrición aproximadamente entre 135 y 160 kg, aunque el objetivo concreto debe adaptarse a la genética, el sistema de producción y las características de cada granja. Más importante que alcanzar una cifra determinada es evitar tanto un desarrollo insuficiente como un exceso de peso y grasa corporal.

La edad también debe interpretarse junto con otros indicadores. La detección de la pubertad y el registro de los celos permiten conocer mejor la evolución de cada animal. El contacto con el verraco constituye una herramienta importante para estimular y detectar el celo, especialmente en las primerizas que presentan una pubertad más tardía.

La alimentación durante esta etapa tiene que acompañar el crecimiento sin favorecer un desarrollo excesivamente rápido. También es importante prestar atención al desarrollo de la glándula mamaria, ya que una nutrición inadecuada durante determinadas fases puede comprometer posteriormente la capacidad de producción de leche.

En consecuencia, la primera cubrición debería realizarse cuando la hembra haya alcanzado un grado de desarrollo que le permita afrontar la primera gestación sin comprometer su propio crecimiento. La decisión será más precisa cuando se valore conjuntamente su edad, peso, condición corporal, desarrollo estructural y evolución reproductiva.

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La preparación de las primerizas es clave para mejorar su rendimiento reproductivo. Foto: A.P.

Alimentación y manejo de las cerdas primerizas

Una vez realizada la primera cubrición, la futura reproductora debe afrontar una nueva etapa en la que todavía necesita completar su propio desarrollo mientras sostiene el crecimiento de la camada. Durante la primera gestación, por tanto, la alimentación debe responder a esta doble necesidad, aportando los nutrientes necesarios para el desarrollo corporal y fetal sin favorecer un crecimiento excesivamente rápido ni una acumulación excesiva de grasa. El objetivo es alcanzar el parto con una condición corporal adecuada, evitando tanto unas reservas insuficientes como un exceso de peso que pueda incrementar las necesidades de mantenimiento y favorecer problemas locomotores.

El control de la condición corporal permite adaptar el manejo a la evolución individual de cada hembra y resulta especialmente importante de cara al parto y la posterior lactación. Las primerizas que llegan al parto con reservas insuficientes tendrán más dificultades para afrontar las elevadas demandas de la lactación, mientras que un exceso de condición corporal tampoco resulta deseable. En esta primera lactación, la cerda debe mantener una elevada producción de leche al mismo tiempo que continúa su propio desarrollo y necesita conservar suficientes reservas corporales para recuperarse y afrontar el siguiente ciclo reproductivo.

Por ello, el consumo de pienso y agua durante la lactación requiere una atención especial. Garantizar un acceso adecuado al alimento y al agua, minimizar cualquier factor que pueda limitar el consumo y realizar un seguimiento individual de las primerizas permite favorecer una mayor ingesta y reducir la pérdida de condición corporal. Este manejo es especialmente relevante en animales jóvenes, para los que la primera lactación supone una de las mayores exigencias de su vida productiva.

El manejo de los lechones completa esta etapa. Las camadas de primerizas pueden presentar características diferentes a las de cerdas de mayor paridad, especialmente en cuanto al peso al nacimiento y a la capacidad de producción de leche de la madre. Un manejo adecuado durante las primeras horas de vida y a lo largo de la lactación permite compensar parte de estas diferencias, favorecer el desarrollo de los lechones y mejorar el resultado final de la primera camada.

Cómo mejorar el rendimiento reproductivo de las cerdas primerizas

El rendimiento de una cerda primeriza no debería valorarse únicamente en el momento de su entrada en reproducción, sino a lo largo de todo su primer ciclo reproductivo. La primera cubrición permite comprobar si ha alcanzado un desarrollo y una madurez adecuados, mientras que los resultados de la gestación, el parto y, especialmente, la primera lactación permiten determinar si esa preparación se ha traducido realmente en capacidad productiva. Para ello, conviene controlar indicadores como la edad y el peso en la primera cubrición, la tasa de partos, los nacidos totales y vivos, el peso de la camada al nacimiento y al destete, la mortalidad de los lechones y la pérdida de condición corporal durante la lactación.

Más allá de los resultados de la primera camada, uno de los indicadores más importantes es la capacidad de la primeriza para permanecer en el grupo reproductor y alcanzar las siguientes gestaciones. La reposición supone una inversión considerable en genética, alimentación, espacio, sanidad y mano de obra, por lo que conseguir que una hembra se mantenga productiva durante varios ciclos reproductivos permite aprovechar mejor esa inversión. Superar con éxito la primera lactación y recuperar adecuadamente su condición corporal son factores determinantes para favorecer su longevidad productiva.

El análisis específico de las primerizas también permite detectar problemas que pueden pasar desapercibidos en los datos globales de la granja. Una elevada proporción de hembras que alcanzan tarde la pubertad puede apuntar a dificultades durante el desarrollo, mientras que una buena entrada en reproducción seguida de una pérdida excesiva de condición corporal puede indicar problemas para afrontar la primera lactación. Relacionar estos indicadores ayuda a identificar puntos críticos y ajustar el manejo.

Por tanto, el manejo de las primerizas debe entenderse como un proceso continuo que comienza antes de la primera cubrición y se prolonga durante sus primeras paridades. El verdadero éxito no es solo conseguir que entren en reproducción, sino lograr que superen su primera camada y continúen produciendo durante los ciclos reproductivos siguientes.

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